Se acomodó sobre la pared, quiso pensar sobre lo que estaba haciendo, pero el frío era tan intenso, que su mente sólo podía pensar en él. Llegó un tren, agarró fuerte el billete, y dudó un segundo en si montarse o no, si se montaba, sería la última vez que pisaría esa ciudad. Lo agarró aún más fuerte, hasta que le dolió la mano, y en aquel instante, se lo entregó al operario, este la miró, y le sonrió. Ella, no pudo devolverle la sonrisa, algo en su corazón la hacía estremecerse.
Buscó su asiento, se séntó, y echó una mirada rápida al tren, no había casi nadie, si acaso, cuatro o cinco personas más que ella, penso que era normal a esas horas de la madrugada. Creyó que era un buen momento para pensar en su, todavía, marido; en su, todavía, hogar; y en su, todavía, vida... pero, se quedó dormida, y cuando despertó ya estaba amaneciendo, miró por la ventana, y vió el mar. El mar y un triste árbol solitario, tan solitario como ella.
Un triste árbol en la arena, tan triste como ella, pero aún así se mantenía en pie. En pie, y desafiante, a pesar de estar sólo, de no tener nadie que le apoyara, ni nadie en quién apoyarse, pero seguía ahí. Por primera vez en mucho tiempo sonrió, si él arbol podía mantenerse, ella también. Una voz grabada, avisó a los pasajeros que el tren estaba llegando a su destino, ella, abrió los ojos y tomó aire.
Ahora sí empezaba su nueva vida.
