Dejé vencer mi alma, y por fin viviré en paz... En este Dulce Rincón, con esta Pena Vencida. Adiós La Dulce Pena. Adiós El Rincón de Los Vencidos. Todo tiene un principio, un fin y un motivo por el que existir: Este Rincón ya encontró el suyo, ahora es hora de delegar en La Piel de Una Promesa.
La Piel de Una Promesa

Obsesión Incontrolable

14 octubre 2008



Ella salió de la habitación con su gargantilla dorada. Estaba pletórica con aquel camisón, pero, al llevar la alhaja, sería la presa irresistible para cualquier hombre, o cualquier botones… Acababa de cerrar la puerta y estaba perdida. Su decisión cuando salió de la habitación se había esfumado, se había tornado en miedo…

Tenía miedo de volver a ver la cara de aquel botones, no sabía que le iba a decir. Cómo reaccionaría él, pero sobre todo, no sabía qué cara le pondría. Antes había pasado del asco, al odio, ahora podría pasar cualquier cosa. Pero no podía volver a entrar en la habitación sin hacerlo, ella había sido la culpable de la situación y ella tendría que resolverla.

Miró a ambos lados del pasillo, a su izquierda había un ascensor y a su derecha otro, antes de ellos escaleras, tanto para subir como para bajar. Se miró de arriba abajo, no tenía una vestimenta cómo para estar paseándose por todo el hotel. Pero, tenía que esperarlo a él… su peor pesadilla desde hacía unos días.

Se fue al ascensor de la izquierda, de algún modo tuvo un presentimiento, no sabía si bueno o malo. Pero al fin y al cabo, un presentimiento. Se iba acercando a las escaleras. Empezó a escuchar voces, parecía que otros clientes estaban subiendo, ella para disimular, les preguntó si había visto a algún botones quería preguntarle qué hacer, había perdido la llave. Ellos le contestaron que su botones estaba en el ascensor subiendo hasta la décima planta con sus maletas, y ellos iban a pie. Aquella planta era la tercera. Así que ella, corrió hasta el de la derecha, y subió a la décima planta.

Salió al pasillo, y efectivamente allí estaba él. Cerrando la puerta de la habitación de aquellos jóvenes que se encontró siete plantas más abajo. Al fin estaba frente a él, pero, él no se dio cuenta de que ella estaba detrás suya, caminaba como despreocupado, sin importarle el resto del mundo. Como si estuviera con la mente en otro lugar… Accionó el ascensor y antes de que pudiera subirse, ella lo llamó.

-Ehhh… tú. Chico… -esta vez su voz era más suave que la vez anterior cuando le dio el euro, era más bien cómo una súplica- No sé qué es lo que te pasa conmigo, pero, yo no puedo seguir así.
- -Él no dijo nada, su gesto seguía inalterable, su gesto de odio permanecía inmóvil.
-Quiero aclarar esto. ¿Por qué me sigues? ¿Por qué me haces esto? No sabes el daño que me estás haciendo. –Mientras decía aquello, se iba acercando al ascensor, y entró con él. La puerta se iba cerrando poco a poco, a la par, su mirada iba mutando. Ni asco, ni odio, sólo deseo en sus ojos, lujuria en su rostro y pasión en su cuerpo. Aquel era el momento y el lugar que él había estado buscando para colmar su deseo.

Ambas respiraciones se volvían más rápidas e intensas, pero, por diferentes motivos. Ella por miedo, él por deseo. El deseo de hacerla suya, de violarla en aquel mismo lugar. Se acercó a ella. Asustada, retrocedió varios pasos, pero, se topó con la pared, él seguía acercándose, le cogió de los brazos, ella lloraba, suplicaba que parase… que no la mirase… pero él seguía. A pesar de ser tan poca cosa aquel botones tenía una fuerza descomunal, la tenía paralizada.

Le consiguió desnudar, le tiró el camisón al suelo. Ella lloraba desconsolada, indefensa, él sólo pensaba en violarla… Fue a desabrocharse el pantalón, la dejó libre unos segundos, y ella aprovechó para desabrocharse la gargantilla y asfixiarlo contra la puerta del ascensor, por primera vez desde que llegó allí, las cosas iban corriendo a su favor. Él gritaba, sus ojos suplicaban perdón, pero, ella estaba poseída, no podía dejarlo escapar, había intentado abusar de ella, y no se saldría con la suya…

Segundos después, el botones dejó de gritar, y de hacer fuerza. Había muerto, había muerto a sus pies. Se abrió la puerta del ascensor, se vistió, y fue a su habitación con aparente serenidad, pero sin su collar. Todo había cambiado, pero, sólo ella lo sabía. Se dirigió a la habitación con su marido.

2 Vencidos:

Carlota dijo...

plas, plas, plas... fíjate que hasta me están dando ganas de convertirla en una asesina en serie: al marido, al de recepción, al vendedor de perritos, al policía que la quiere coger, a Supermán que viene a detenerla, al perrito que la ladra de una ancianita... a la ancianita, al camionero que la piropea... se los va cargando, pero su instinto asesino la dirige a un rincón concreto: el de Los vencidos. Allí, en una esquina, bajo una luz ténue, teclea La Dulce Pena, que levanta la vista sorprendido... sólo le da tiempo a gritar unos segundos, un no agónico que queda ahogado por una estranguladora gargantilla... (llevaba una de repuesto en el bolsillo de la bata, mujer previsora, ya se sabe...). Un beso, estupendo.

La Dulce Pena dijo...

Jajaja... y luego dirás de mí... si hasta caigo muerto a sus pies...

Muy bueno ese fin del relato... ahora, otra vez me dejas con la duda de que pasará con ella...

PD: Mujer previsora vale por 2...

Besos guapa, y gracias